Cuba bajo asedio: la estrategia del “estrangulamiento económico” y el riesgo de una nueva desestabilización global. El coraje de un pueblo (Editorial de Luciano Vasapollo


Las palabras del presidente cubano Miguel Díaz-Canel, según las cuales la estrategia de Estados Unidos estaría orientada a una progresiva “asfixia económica” de la isla, adquieren un peso político que va mucho más allá de la crónica diplomática. “El objetivo es estrangular a Cuba para provocar una crisis social y crear las condiciones para una explosión interna, de manera que exista un pretexto para intervenir”: así lo denuncia el líder cubano, que sitúa la fase actual en los términos de un conflicto no declarado pero estructural.

Según esta interpretación, la política de Washington —y en particular el enfoque atribuido al sector trumpista del Partido Republicano— no se limitaría al mantenimiento del tradicional embargo, sino que apuntaría a una estrategia más amplia de desgaste sistémico. El objetivo sería debilitar progresivamente las capacidades económicas y sociales del país hasta provocar un punto de ruptura interna.

Díaz-Canel denuncia, de hecho, una dinámica en la que las sanciones y restricciones ya no representan únicamente un instrumento de presión política, sino que se convierten en una verdadera infraestructura de condicionamiento económico global. En este marco, las dificultades materiales que atraviesa Cuba —crisis energética, escasez de bienes, tensiones productivas y financieras— son interpretadas como parte de un mecanismo más amplio, en el que el factor externo desempeña un papel determinante.

“Las medidas de presión no se limitan al embargo histórico, sino que se han intensificado con nuevas sanciones y restricciones económicas”, se subraya en la denuncia política del gobierno cubano, que habla explícitamente de una condición de “asfixia” progresiva de la economía nacional.

Sin embargo, el aspecto más delicado del análisis concierne a la dimensión política de la crisis. La idea de que una situación de sufrimiento social pueda ser “construida” o amplificada hasta convertirse en detonante de inestabilidad interna introduce un elemento de fuerte alarma geopolítica. No se trataría solamente de presión económica, sino de la posible transformación de la crisis en un instrumento de deslegitimación y en un pretexto para intervenciones externas.

Desde esta perspectiva, las palabras de Díaz-Canel adquieren un significado que trasciende el caso cubano y se insertan en una dinámica más amplia: la gestión de las crisis mediante instrumentos económicos coercitivos, capaces de producir profundos efectos sociales sin el uso directo de la fuerza militar.

El resultado es un país sometido a una tensión estructural permanente, donde las dificultades cotidianas de la población no pueden comprenderse sin considerar la interacción entre factores internos y presiones externas. Cuba se convierte así en el punto de condensación de una contradicción global: la existente entre soberanía política y dependencia económica inducida.

En este contexto, nuestro análisis crítico insiste en un punto central: el riesgo de que los sufrimientos sociales sean transformados en instrumentos geopolíticos. La crisis, en lugar de ser afrontada mediante canales de cooperación internacional, es interpretada como una palanca para la desestabilización y la reestructuración de las relaciones de poder.

No se trata solamente de Cuba, sino de un modelo que corre el riesgo de reproducirse en otros lugares. La combinación de aislamiento económico, presión financiera y narrativa política puede producir fracturas profundas en los sistemas sociales, abriendo escenarios de inestabilidad difícilmente controlables.

Cuba, desde esta perspectiva, sigue siendo un caso emblemático: un país que resiste desde hace décadas a un régimen de sanciones y restricciones, pero que hoy se encuentra expuesto a una fase particularmente crítica, en la que la dimensión económica y la geopolítica resultan cada vez más inseparables.

Las palabras de Díaz-Canel —entre la denuncia política y la advertencia estratégica— se convierten entonces en la señal de una tensión más amplia: la existente entre autodeterminación y coerción económica, entre el derecho al desarrollo y las lógicas de dominación. Y es precisamente en esta fractura donde se juega una parte significativa de los equilibrios internacionales contemporáneos.

 

El coraje de los cubanos

Cuba continúa siendo, en el corazón del siglo XXI, una de las trincheras simbólicas más evidentes de la resistencia de un pueblo sometido a un asedio económico, financiero y político que no conoce tregua. Sin embargo, lo que impresiona no es solamente la duración de esta presión, sino la capacidad de los cubanos para transformar la privación en ingenio social, la escasez en solidaridad concreta y la dificultad en dignidad colectiva.

En el lenguaje de la geopolítica dominante, el bloqueo suele reducirse a una cuestión técnica o a una controversia bilateral. Pero en la vida cotidiana de la isla se manifiesta como un dispositivo material que afecta la sanidad, la energía, la alimentación y la circulación de bienes y tecnologías. Es un asedio extendido y capilar que busca erosionar la cohesión social desde dentro. Y, sin embargo, es precisamente aquí donde se mide la paradoja más evidente: la voluntad de no ceder a pesar de la presión constante.

El coraje de los cubanos nunca ha sido un hecho retórico. Es un coraje concreto, hecho de organización comunitaria, de redes solidarias y de una cultura política que ha interiorizado la idea de que la supervivencia nunca es solamente individual, sino siempre colectiva. En este sentido, la resiliencia cubana no es una simple adaptación: es una forma de resistencia activa que rechaza la desintegración social como consecuencia inevitable de las dificultades económicas.

Incluso en las condiciones más duras, la elección no es la rendición, sino la continuidad histórica. Continuar formando médicos, garantizar una educación universal y mantener un sistema sanitario accesible significa afirmar un principio político incluso antes que económico. Significa sostener que la vida no puede subordinarse a la lógica del mercado global cuando esta se traduce en exclusión y desigualdad.

Desde esta perspectiva, Cuba no es solamente un país bajo presión, sino un laboratorio histórico de resistencia sistémica. Un lugar donde el conflicto no es únicamente externo, sino también interno a las contradicciones del mundo contemporáneo: entre soberanía y dependencia, entre justicia social y coerción económica, entre autodeterminación y aislamiento impuesto.

Y es precisamente esta tensión permanente la que explica por qué, a pesar del cansancio, las dificultades y las privaciones, el tejido social no se ha roto. La fuerza de los cubanos reside en no haber aceptado la narrativa de la rendición inevitable. Es una fuerza silenciosa, a menudo invisible en los análisis superficiales, pero decisiva para mantener vivo un proyecto histórico que continúa interpelando al presente.

 

Luciano Vasapollo


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