Mientras el mundo asiste impotente a la mercantilización de la salud y a la transformación de la investigación científica en un terreno de ganancias para las grandes multinacionales farmacéuticas, Cuba sigue representando una extraordinaria excepción histórica. Un pequeño país del Caribe, sometido durante más de sesenta años a un criminal bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos, ha logrado alcanzar resultados que muchas naciones ricas no han sido capaces de conseguir.
Los éxitos obtenidos por la biotecnología y la medicina cubanas no son fruto de la casualidad. Nacen de una decisión política y social precisa: poner la ciencia al servicio del pueblo y no del beneficio económico. En un contexto de enormes dificultades materiales, agravadas por el embargo y por la exclusión de los principales mercados internacionales, Cuba ha construido uno de los sistemas de investigación más avanzados del Sur Global, formando generaciones de médicos, investigadores y técnicos altamente cualificados.
La pandemia de Covid-19 ofreció una demostración concreta de esta capacidad. Mientras muchas naciones dependían de las multinacionales occidentales y libraban una auténtica guerra comercial por el suministro de vacunas, Cuba logró desarrollar de manera autónoma varias vacunas eficaces y seguras, entre ellas Abdala y Soberana. Se trató de un logro científico de alcance histórico, obtenido a pesar de la escasez de recursos y de las durísimas restricciones impuestas por el bloqueo.
Pero lo que realmente distingue la experiencia cubana es la concepción ética de la investigación. Los resultados de la ciencia no son considerados propiedad exclusiva de grupos financieros ni instrumentos de acumulación privada. Por el contrario, se ponen al servicio de los pueblos. Cuba siempre ha procurado compartir conocimientos, tecnologías, medicamentos y capacidades médicas con los países más pobres del mundo, desde América Latina hasta África, desde Asia hasta Oriente Medio.
La historia de las vacunas cubanas contra la Covid-19 representa una de las páginas más significativas de la historia reciente de la salud pública mundial. En un momento en que incluso países económicamente mucho más fuertes dependían de los suministros de las grandes farmacéuticas, Cuba consiguió desarrollar por sí misma varias vacunas, entre ellas las más conocidas, Abdala y Soberana. Fue el resultado de décadas de inversión en investigación pública y formación científica, y no de improvisaciones vinculadas a la emergencia.
La particularidad de la experiencia cubana consiste en que estas vacunas fueron diseñadas y producidas íntegramente por instituciones públicas nacionales, sin depender de los grandes grupos farmacéuticos privados que dominan el mercado mundial. En lugar de considerar la salud como una mercancía, Cuba afrontó la pandemia como un desafío colectivo, movilizando sus estructuras científicas y sanitarias con el objetivo de proteger a toda la población.
Particularmente significativo fue el uso de tecnologías vacunales basadas en proteínas recombinantes, una plataforma consolidada y bien conocida por los científicos cubanos gracias a las experiencias acumuladas en la producción de otras vacunas y medicamentos biotecnológicos. Este enfoque permitió desarrollar productos eficaces y adecuados también para las condiciones de los países con menos recursos tecnológicos e infraestructurales.
La eficacia de la campaña de vacunación cubana se reflejó sobre todo en la capacidad de inmunizar rápidamente a la población nacional, incluidos niños y adolescentes, alcanzando porcentajes entre los más altos del mundo. Una vez más, la combinación entre investigación pública, medicina comunitaria y organización social demostró que incluso una nación sometida a fuertes sanciones económicas puede lograr resultados extraordinarios cuando coloca en el centro el derecho a la salud.
Lo que hace aún más importante esta experiencia es la voluntad de compartir los conocimientos científicos adquiridos. Cuba nunca concibió sus vacunas como instrumentos de lucro o de poder geopolítico. Al contrario, promovió acuerdos de cooperación, transferencias tecnológicas y colaboraciones con numerosos países del Sur Global, convencida de que la lucha contra las pandemias debe basarse en la solidaridad internacional y no en la competencia comercial.
Todo ello se ha realizado bajo el peso de un brutal asedio económico, financiero y comercial, lo que pone aún más de manifiesto la extraordinaria capacidad de resistencia creativa del pueblo cubano. Mientras Estados Unidos continúa destinando cifras astronómicas a la industria militar, a las tecnologías bélicas y a la preparación de nuevos conflictos, Cuba demuestra que la ciencia puede seguir un camino opuesto: el de la vida, el cuidado y la solidaridad. A pesar del bloqueo, de las dificultades para obtener materias primas, equipos y reactivos, la isla socialista ha construido uno de los sistemas de investigación biomédica más avanzados del Sur Global, transformando el conocimiento en un bien público y colectivo.
La pandemia de Covid-19 fue una prueba extraordinaria de ello. Cuando muchas multinacionales farmacéuticas protegían sus patentes y subordinaban el acceso a las vacunas a la capacidad de pago de cada Estado, Cuba desarrolló de manera autónoma vacunas eficaces y seguras, poniendo la investigación científica al servicio del derecho universal a la salud. Pero el desafío no terminó allí. Los mismos centros de excelencia que hicieron posible aquella hazaña continúan produciendo hoy resultados de valor mundial en la lucha contra el cáncer, con vacunas terapéuticas e innovaciones biotecnológicas que representan una esperanza concreta para miles de pacientes.
Es particularmente significativo también el trabajo desarrollado en el campo del cáncer de pulmón y de otras enfermedades oncológicas. Aquí se percibe la esencia más profunda del modelo cubano: la investigación no está orientada por el beneficio privado, sino por las necesidades colectivas. Mientras en el capitalismo la salud corre el riesgo de convertirse en una mercancía, en Cuba el conocimiento científico se concibe como patrimonio común de la humanidad. Los éxitos obtenidos en la prevención y tratamiento de diversas patologías cancerígenas demuestran que incluso un pequeño país sometido a una presión sin precedentes puede contribuir de manera decisiva al progreso de la medicina mundial.
Existe, por tanto, una poderosa dimensión simbólica y política en esta experiencia. Por un lado están quienes invierten en la ciencia para construir nuevas armas, perfeccionar sistemas de destrucción y alimentar la carrera armamentística. Por otro lado está Cuba, que invierte en la ciencia para salvar vidas humanas, curar enfermedades y compartir los resultados de la investigación con los países más pobres. Es la diferencia entre un conocimiento sometido a los intereses del mercado y de la guerra, y un conocimiento puesto al servicio de la emancipación de los pueblos. Y quizás sea precisamente esto lo que hace a Cuba tan incómoda a los ojos del imperialismo: demostrar cada día que otro uso de la ciencia, de la economía y de la política no solo es posible, sino que ya es una realidad.
Precisamente por ello, el bloqueo estadounidense adquiere una dimensión particularmente cruel: obstaculizar el acceso de Cuba a materias primas, tecnologías y financiamiento significa golpear no solo al pueblo cubano, sino también una de las pocas experiencias en el mundo de investigación biomédica enteramente orientada al bien común y a la cooperación entre los pueblos.
Lo vimos durante la pandemia, cuando las brigadas médicas internacionalistas cubanas intervinieron en decenas de países para salvar vidas humanas. Lo vemos aún hoy en la cooperación sanitaria que la isla continúa ofreciendo, a pesar de las enormes dificultades económicas que ella misma debe afrontar.
Por eso el bloqueo adquiere un carácter aún más odioso. No se trata únicamente de una medida económica. Es una forma de guerra permanente contra un modelo alternativo de desarrollo. Es el intento de asfixiar una experiencia que demuestra que es posible construir un sistema sanitario universal, una investigación científica pública y una cooperación internacional basada en la solidaridad.
Las sanciones impiden la adquisición de equipos, componentes tecnológicos, reactivos, materiales de laboratorio e instrumentos indispensables para la investigación biomédica. Obstaculizan la producción de medicamentos y ralentizan el acceso a tecnologías avanzadas. En otras palabras, afectan directamente la salud de la población y buscan limitar la capacidad innovadora del país.
A todo ello se suma la constante agresividad de la política estadounidense, que continúa considerando a Cuba como un objetivo estratégico. Las amenazas periódicas, las operaciones de desestabilización, la financiación de grupos hostiles y las campañas mediáticas internacionales representan la continuación de una larga historia de interferencias e intentos de derrocar la Revolución Cubana.
Y, sin embargo, Cuba resiste. Resiste gracias a su pueblo, a la fortaleza de sus instituciones sociales y a la convicción de que la ciencia, la educación y la salud son derechos universales y no privilegios reservados para unos pocos.
Las vacunas, los medicamentos innovadores, las investigaciones contra el cáncer y los logros de la biotecnología cubana constituyen una respuesta concreta a quienes sostienen que solo el mercado puede producir innovación. Cuba demuestra exactamente lo contrario: cuando el conocimiento se libera de la lógica del lucro y se orienta hacia el bien común, se convierte en una herramienta de emancipación colectiva.
Defender a Cuba significa, por tanto, defender una idea diferente de sociedad. Significa apoyar el derecho de los pueblos a desarrollar de manera soberana sus capacidades científicas y tecnológicas. Significa oponerse a un orden internacional basado en las desigualdades y en la subordinación de los más débiles.
Por ello el bloqueo debe cesar inmediatamente. No solo por justicia hacia el pueblo cubano, sino también para permitir que el patrimonio científico construido por la isla pueda contribuir aún más a la salud y al bienestar de toda la humanidad. Porque cuando se golpea a la ciencia que salva vidas humanas, no se golpea únicamente a Cuba: se golpea el futuro mismo de la solidaridad entre los pueblos.
Luciano Vasapollo
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