Habla Marlene Vázquez Pérez, directora del Centro de Estudios Martianos de La Habana, voz recogida en el manifiesto de los académicos españoles y autora del epílogo de «Cuba, la verdad que no les han contado».
La opinión pública internacional se mueve como la mirada de los espectadores de un partido de tenis: primero Irán, luego Oriente Medio, después nuevamente Cuba. Pero en la isla la crisis no es un paréntesis repentino: es una condición estructural que dura desde hace décadas y que hoy —entre sanciones endurecidas, escasez de combustible y aislamiento financiero— adquiere rasgos dramáticos.
En España, doscientos cuarenta profesores de universidades públicas y del CSIC han firmado un manifiesto titulado «No a la agresión militar contra Cuba». Entre las voces recogidas se encuentra la de Marlene Vázquez Pérez, directora del Centro de Estudios Martianos de La Habana y una de las mayores especialistas en la obra de José Martí. Es la misma estudiosa que firma el epílogo de «Cuba, la verdad que no les han contado», el libro —ahora disponible en formato digital en Amazon en italiano— nacido de un viaje nuestro a la isla y construido como una cadena de voces cubanas, desde Abel Prieto, presidente de la Casa de las Américas, hasta el economista Luciano Vasapollo. La encontramos para hablar de ese libro y de lo que relata: una realidad que entra en los hogares, los hospitales, las cocinas, y en la vida de los niños y de los ancianos.
Profesora, usted firma el epílogo de «Cuba, la verdad que no les han contado», que ahora se publica en italiano en Amazon. ¿Qué quiso expresar en esas páginas?
Le agradezco, y fue un honor formar parte de él. Es un libro valioso, porque da voz a Cuba en Italia, y lo recomiendo a cualquiera que quiera comprender realmente qué es el bloqueo, más allá de los eslóganes. En el epílogo quise volver a José Martí: no la estatua, no la cita ritual, sino la conciencia viva de la nación. Lo titulé «La dignidad como última frontera de la libertad», porque todo comienza ahí: sin dignidad no hay libertad posible.
Vayamos al núcleo de la cuestión. Cuando se habla de bloqueo o embargo, el debate casi siempre permanece en el plano político. ¿Cuál es, en cambio, el rostro humano?
El rostro humano es el de las personas que sufren cada día. Decir «sesenta y siete años» parece sencillo, pero sesenta y siete años son sesenta y siete años, y ese peso recae sobre todo un pueblo. A menudo se repite que el embargo está dirigido contra el gobierno; en realidad golpea a todos: niños, ancianos, mujeres embarazadas, enfermos, personas que no son en absoluto actores políticos. Pienso en quien muere en un hospital esperando un marcapasos, en los niños de oncología que necesitarían medicamentos producidos incluso en los propios Estados Unidos: en avión serían cuarenta y cinco minutos, y sin embargo esos medicamentos no llegan.
Usted mismo, en el libro, entrevistando al profesor Vasapollo, lo muestra con claridad: el niño diabético no muere por el comunismo, como quisiera la propaganda; muere porque la insulina es producida por empresas que operan dentro del sistema dólar y no pueden vender a La Habana sin exponerse a las sanciones estadounidenses. No son opiniones: son cadenas causales verificables, reconocidas incluso por organismos internacionales que no pueden ser sospechosos de simpatías revolucionarias.
Entonces no se trata solamente de economía o diplomacia.
No, se trata de vidas humanas. El bloqueo no es una medida simbólica: decide si un hospital puede curar, si un niño recibe una terapia, si una familia puede cocinar, si una madre puede lavar la ropa, si una persona puede llegar a su trabajo. Cuando se habla de embargo, habría que tener el valor de mirar estos rostros, no solo las estadísticas y las declaraciones.
En su libro usted insiste, junto con Vasapollo, en una palabra: «bloqueo» en lugar de «embargo». ¿No es una sutileza semántica?
No es en absoluto una sutileza, es una cuestión de verdad, y hace bien en destacarlo. El embargo es unilateral: un país deja de comerciar con otro. El bloqueo es una sanción total: cualquier país del mundo que mantenga relaciones comerciales, monetarias o financieras con Cuba corre el riesgo de ser también castigado por Estados Unidos. Utilizar la palabra «embargo» significa ya aceptar la narrativa de Washington. Por eso, en el libro, ustedes dicen «bloqueo», con la máxima precisión.
«El bloqueo no es el embargo: es un castigo global».
¿Qué significa, concretamente, vivir en estas condiciones?
Significa perder el control del tiempo. Se vive en función de cuándo habrá electricidad. La vida doméstica se convierte en una pesadilla: cocinas de noche, si la corriente llega de madrugada; lavas cuando finalmente vuelve la luz, porque la vida familiar continúa a pesar de todo. Y también el trabajo se ve completamente alterado: todo depende de la electricidad, del transporte, del combustible, de la posibilidad de desplazarse y organizar la jornada.
Los apagones. ¿Qué impacto tienen en las familias cubanas?
Enorme. No son una simple molestia: cambian la salud, el trabajo y el estado de ánimo de las personas. En el libro, el profesor Vasapollo relata haber visto con sus propios ojos barrios de La Habana a oscuras durante doce, quince e incluso veinte horas al día; gente que cocina con fuego de leña porque no hay gas ni electricidad; quirófanos donde el cirujano comienza una operación sabiendo que la corriente podría cortarse en cualquier momento. Y la basura en las calles —como usted documenta en esas páginas— no es el símbolo del fracaso del socialismo: es la señal concreta de un país al que se le impide importar piezas de repuesto para los camiones de recogida de residuos. Y aun así el pueblo sigue adelante.
Hay quienes hablan de Cuba como de un «Estado fallido». ¿Comparte esa definición?
No, es una narrativa ideológica. Un Estado fallido no mantiene una red sanitaria, una red educativa, trabajadores sociales, estructuras asistenciales y formas de organización popular. Cuba no es un Estado fallido: es un Estado sitiado. Esa es precisamente la tesis con la que se abre su libro, en el capítulo «El asedio permanente y el silencio del mundo». Si Cuba realmente no funcionara, ¿por qué empeñarse tanto en bloquearla? ¿Por qué convertir incluso la compra de una aspirina en una pesadilla burocrática?
Usted utiliza palabras muy duras: «asedio», «guerra económica», «criminal». ¿Por qué?
Porque cuando una medida política golpea a niños, ancianos, enfermos y mujeres embarazadas, ya no puede hablarse únicamente de diplomacia. Hay una imagen, en el libro, que lo resume todo: quien guarda silencio sobre el bloqueo mientras llora por los sufrimientos de los cubanos es como quien rompe sistemáticamente las piernas a un hombre y luego se conmueve al verlo en una silla de ruedas. Es criminal hacer pagar a todo un pueblo una elección política. Quien espera un medicamento que le salve la vida no es un símbolo ideológico: es una persona.
¿Cuál es, a su juicio, el verdadero objetivo de la política estadounidense hacia Cuba?
Estados Unidos no quiere una Cuba reformada: quiere una Cuba sometida. La isla está a noventa millas, y para Washington sería ideal un país alineado con sus intereses. Pero Cuba sigue representando autonomía, soberanía y resistencia, y eso molesta. El bloqueo sirve para desgastar a la población y presentar luego su sufrimiento como prueba del fracaso del sistema. En el libro usted dedica un capítulo entero a cómo se fabrica el consenso contrario —«El disidente fabricado: CIA, dólares y mercenarios»— para distinguir la disidencia real de aquello que se construye artificialmente contra la soberanía de un pueblo.
En este clima internacional, ¿qué representa hoy Cuba?
Una causa más grande que la propia Cuba. En Estados Unidos se ha llegado a posturas agresivas, xenófobas e incluso fascistas. Hoy el objetivo puede ser Cuba; mañana, cualquier otro pueblo. Por eso la causa cubana es la causa de todos los pueblos que luchan por la paz, el diálogo, el respeto de la soberanía y de la dignidad humana. Lo que está en juego no es solamente el futuro de una isla: es una determinada idea de humanidad.
¿Qué debería comprender la opinión pública internacional, y la italiana en particular?
Que no se puede mirar a Cuba únicamente a través de las categorías de la propaganda. Hay que escuchar a las personas: a los niños, a los hospitales, a las familias, a los ancianos, a las madres que cocinan cuando vuelve la electricidad. Cuba no pide compasión: pide justicia. Pide que se ponga fin a una política que desde hace décadas pesa sobre la vida cotidiana de millones de seres humanos. En Italia, Cuba casi siempre llega como una caricatura —o como nostalgia ideológica o como dictadura tropical— y rara vez se le permite hablar con su propia voz. Su libro nace precisamente para devolverle esa voz; por eso invito a quien nos lee a buscarlo en Amazon.
De la crónica a la conciencia
Hay un punto en el que el testimonio de Vázquez deja de ser crónica y se convierte en una cuestión moral. Es el hilo de José Martí —no la estatua, no la cita ritual, sino la conciencia viva de la nación— que recorre el epílogo con el que la estudiosa cierra el volumen: la dignidad como última frontera de la libertad.
Para un lector cristiano, el libro ofrece más de un umbral de reflexión. Junto a la economía del asedio, dialoga con la fe de los pueblos —la espiritualidad mestiza de la isla, la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, la relación entre la Iglesia y los Papas, desde el diálogo con Juan Pablo II hasta el homenaje final al Papa Francisco—. Incluye además una «Carta de una madre cubana a una madre estadounidense» que devuelve todo, de golpe, a la medida más simple y más grande: dos madres, dos hijos y la pregunta de si el sufrimiento de un pueblo puede convertirse alguna vez en instrumento de presión.
Es la misma pregunta que permanece abierta en estas páginas y que constituye la mejor síntesis de esta conversación. Cuba —se lee en las últimas líneas del libro— «da miedo no porque sea perfecta. Da miedo porque no se deja poseer».
Detrás de la palabra «embargo» no hay solamente estrategias geopolíticas, sino rostros, hospitales, apagones, medicamentos ausentes y familias obligadas a reinventar cada día la normalidad. Leída a través de las palabras de Marlene Vázquez —y a través de «Cuba, la verdad que no les han contado», ahora disponible en italiano en Amazon— la cuestión cubana vuelve a ser, ante todo, una cuestión moral: ¿hasta qué punto puede castigarse a un pueblo para doblegar su historia?
Entrevista realizada por P. Alfonso M. Bruno, director de Mediafighter.
La posfación del volumen está a cargo de Marlene Vázquez Pérez, en la reelaboración de Mirella Madafferi (doctoranda en Estudios para la Paz, Universidad para Extranjeros de Perugia).
En la fotografía, Marlene Vázquez en el Estudiantado Filosófico y Teológico Internacional de Roma de los Frailes Franciscanos de la Inmaculada.
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