El análisis de Fidel sobre la crisis de la actual fase de la mundialización capitalista y los rasgos fascistas y racistas (Rita Martufi, Mirella Madafferi y Luciano Vasapollo)


Cualquier persona de buena fe que visite Cuba y tenga un conocimiento mínimo de la política y de las cuestiones socioeconómicas más elementales puede constatar concretamente los elevados niveles de resistencia y organización mediante los cuales el pueblo cubano, dirigido por un Partido Comunista y un Gobierno que aplican de manera altamente dinámica los principios socialistas revolucionarios, enfrenta un bloqueo infame, asfixiante y genocida, al tiempo que afronta la actual y difícil situación internacional, caracterizada por una gravísima crisis estructural, económica y financiera del sistema capitalista. Se trata de una crisis sistémica del capitalismo que está golpeando a todo el planeta y cuyas repercusiones afectan duramente a los países del llamado Tercer Mundo.

En este siglo XXI nos encontramos nuevamente inmersos en la guerra, entendida en su sentido clásico, como ocurrió a comienzos del siglo pasado; amplios sectores de la humanidad padecen hambre como nunca antes; las injusticias sociales afectan profundamente incluso a los países considerados más “avanzados”; se han perdido todos los referentes morales y éticos, incluso aquellos que caracterizaron etapas anteriores de las sociedades capitalistas. La democracia burguesa aparece cada vez más como un cascarón vacío ante los ojos de los pueblos, mientras que la cuestión ambiental plantea un desafío del que nadie podrá escapar debido a sus efectos devastadores. Nos encontramos, por tanto, en una situación en la que la necesidad de cambio resulta evidente para todos, incluso para los representantes del imperialismo contemporáneo, y en la que también la izquierda eurocéntrica, incluida aquella que se autodefine radical y alternativa, vuelve a hablar de la necesidad de construir un mundo nuevo.


¿Significa esto que nos encontramos ante una visión de un inminente fin del capitalismo por “autodestrucción”, según una especie de teoría del derrumbe? En absoluto. El sistema capitalista encontrará todavía nuevas formas de implementación del capitalismo que le permitan garantizar la supervivencia del modo de producción capitalista. Ello ocurre, sobre todo, porque el paso hacia otro modo de producción presupone no solo la explosión de las contradicciones objetivas en las que se manifiesta la crisis, sino también la existencia de una subjetividad de clase fuerte, organizada y políticamente consciente, capaz de orientar los procesos reales de transformación económica y social radical.

Interpretar el sistema de contradicciones del capitalismo como un proceso lineal que avanza inevitablemente hacia el socialismo mediante etapas sucesivas de profundización de su crisis general no solo resulta inconsistente, sino que tampoco encuentra confirmación en la práctica histórica. En distintas etapas del siglo XX, diversos estudiosos marxistas y varias organizaciones y partidos comunistas incurrieron en un grave error de apreciación al sobreestimar determinadas crisis de crecimiento del sistema, interpretándolas como una crisis general del capitalismo. Ello llevó a considerar que la caída de los pilares fundamentales del sistema era una posibilidad cercana y concreta. Por ejemplo, el mundo subdesarrollado, donde las contradicciones del capitalismo se manifiestan con mayor intensidad, era presentado como un terreno naturalmente fértil para la expansión del ideal socialista y revolucionario.

Sin embargo, esta interpretación chocó con la realidad. Una situación revolucionaria atraviesa distintos niveles de maduración y puede llegar o no a convertirse en una ruptura efectiva. Al mismo tiempo, la evolución de una situación prerrevolucionaria hacia una revolucionaria no constituye por sí sola una garantía del triunfo de una revolución, la cual, además, no tiene por qué ser necesariamente socialista en su desarrollo inmediato.

Una medida urgente consiste en vincular de manera mucho más directa la cultura y la universidad con el mundo del trabajo, promoviendo inversiones de carácter local. La realización de este proceso requiere coordinar todas las instituciones territoriales no solo con los ministerios de carácter social y económico responsables de la planificación, sino también con el Ministerio de Educación Superior, con el fin de favorecer competencias culturales y profesionales, así como programas de formación para graduados adaptados a las distintas realidades del mundo laboral. Esto es necesario porque incluso en una economía socialista las condiciones económico-productivas y laborales difieren de una provincia a otra, y por ello resulta imprescindible formar capacidades específicas para cada territorio.

La reorganización y la creación de una nueva base productiva deben desarrollarse dentro de una firme sostenibilidad del socialismo, comenzando por preservar y mejorar la calidad de la salud pública y de la educación, que seguirán siendo garantizadas gratuitamente a todos los ciudadanos, reduciendo además los costos derivados del despilfarro, en contraste con lo que revela la crisis global y sistémica del modo de producción capitalista.


En Occidente es fundamental abandonar una visión centrada exclusivamente en el nortecentrismo y adoptar un enfoque que tenga en cuenta las enseñanzas de Fidel Castro y Hugo Chávez.

Este enfoque demuestra su objetividad, especialmente en tiempos de crisis, ofreciendo soluciones concretas para un modelo de desarrollo socialista. Cuba y China fundamentan la actualización del socialismo en la investigación, la formación, la ciencia y la innovación, situándolas en el centro de la acción del Partido y del Gobierno. De este modo han sabido construir relaciones internacionales eficaces no solo con países pertenecientes al campo socialista, sino también con otros actores internacionales, promoviendo una política de solidaridad y ofreciendo un ejemplo concreto de cooperación internacional.

En el contexto de la actual crisis de civilización, caracterizada por un crecimiento exponencial de las desigualdades y por la falta de perspectivas para gran parte de la humanidad, la situación se ha agravado aún más debido a la guerra de la OTAN en Ucrania contra Rusia y al derrumbe del modelo unipolar.

Cuba y China, promoviendo un mundo multipolar, representan una respuesta concreta a las transformaciones globales. Este multipolarismo, que encuentra expresión en los BRICS+ y en otras alianzas como la Tricontinental, refleja el camino que Cuba y Venezuela, bajo la influencia de Fidel Castro, Ernesto Che Guevara y Hugo Chávez, han recorrido durante décadas con dignidad y pasión. Ambos países han procurado servir al pueblo cubano y a los demás pueblos del ALBA y del Sur Global con un compromiso inquebrantable, transformando los ideales socialistas en una realidad concreta.

El análisis de Fidel sobre el fascismo, el colonialismo y el imperialismo


El análisis de Fidel sobre el fascismo parte de la consideración y recuperación de la tesis según la cual el propio fenómeno del nacionalismo nació entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX y, por lo tanto, constituye un fenómeno relativamente reciente. Las naciones europeas y los propios Estados Unidos construyeron su identidad a través de la relación con el Otro, una entidad definida y distorsionada por el imaginario colonial.

El Otro no es una realidad objetiva, sino una proyección de los miedos y prejuicios occidentales que lo transforman en una categoría naturalizada, como sucede en el caso de la racialización. El concepto de “negro” no constituye una realidad intrínseca, sino una construcción histórica nacida de la discriminación y de la necesidad de Occidente de diferenciar y subordinar a otros pueblos.

Esta lógica se extiende a la formación de las identidades nacionales y de las civilizaciones europeas, que se definen a sí mismas en oposición a un Otro considerado incivilizado. Alexis de Tocqueville es citado como ejemplo de esta mentalidad, al considerar natural e inevitable el proceso de colonización. Ello refleja una imposición unilateral en la que el Otro carece de voz propia: es modelado y juzgado exclusivamente desde el punto de vista occidental.

La relación con el Otro presenta así una doble dimensión: puede ser excluido o integrado en la civilización occidental, pero siempre dentro de relaciones de poder. Tzvetan Todorov, en *La conquista de América*, explora estas dinámicas e introduce el concepto de hibridación como una posible vía de coexistencia, poniendo de relieve que todas las culturas son el resultado de un continuo proceso de mezcla en el tiempo y en el espacio. Sin embargo, la hibridación implica un movimiento horizontal problemático, en el que el Otro corre el riesgo de ser aplastado o asimilado en lugar de ser respetado en su autonomía.

El temor a la hibridación, especialmente intenso durante el siglo XIX, refleja el miedo de que el contacto con el Otro pudiera amenazar la identidad nacional e individual, concebida como estable, homogénea y monolítica.


Las reflexiones de Fidel sobre el fascismo se desarrollan a partir de un análisis de clase del colonialismo y del hecho de que el continente americano, comenzando por las islas del Caribe, estaba habitado cuando fue “descubierto” por Cristóbal Colón en 1492, del mismo modo que estaban habitadas las tierras “descubiertas” posteriormente en Asia, África y Oceanía por otros grandes navegantes y exploradores europeos, desde Vasco da Gama hasta Fernando de Magallanes, desde Bartolomeu Dias hasta Américo Vespucio y James Cook. Para imponer el dominio colonial, los pueblos indígenas fueron exterminados o reducidos a la esclavitud con el fin de convertir aquellos territorios en una terra nullius.

En Europa, el racismo recibió un impulso decisivo durante la década de 1930 con los regímenes fascista y nazi. La noche del 9 de mayo de 1936, Benito Mussolini pronunció desde el balcón del Palacio Venezia el célebre discurso con el que saludó, según sus palabras, “la reaparición del Imperio sobre las colinas fatales de Roma después de quince siglos”.

La teoría del imperialismo desarrollada por Fidel, profundamente vinculada a la tradición marxista inaugurada por Lenin, se distingue en el ámbito de las relaciones internacionales por su interpretación económica del capitalismo y de sus transformaciones políticas.

El imperialismo deriva del colonialismo, que existía mucho antes del capitalismo, como lo demuestran ejemplos históricos tales como el imperio de Alejandro Magno o el Imperio romano. Sin embargo, el colonialismo moderno está inseparablemente ligado al surgimiento de Europa y al nacimiento del capitalismo en el siglo XVI, cuando el sistema feudal comenzaba a mostrar signos de agotamiento y se preparaba una profunda revolución del modo de producción.

Para poner en marcha esa transformación era indispensable acumular una enorme cantidad de riqueza, obtenida mediante el saqueo sistemático de las colonias de África y América. Esa acumulación originaria fue esencial para alimentar el naciente sistema capitalista.


Las potencias coloniales de aquella época —Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, los Países Bajos, Bélgica e Italia— se transformaron durante el siglo XIX en potencias imperialistas. La búsqueda de riquezas coloniales condujo además al genocidio de las poblaciones indígenas de América Latina.

Con la caída del Muro de Berlín y la revolución digital, las dinámicas del poder mundial se han fragmentado y multiplicado.

Fidel subraya con frecuencia que, en nuestro análisis, sostenemos que las políticas autoritarias y posfascistas no afectan únicamente a los nuevos grupos de extrema derecha, sino que constituyen un fenómeno global que involucra tanto a los gobiernos nacionales como a las instituciones supranacionales.

El actual supremacismo blanco, tanto en sus expresiones terroristas como en sus formas aparentemente respetables, es el heredero histórico directo de una ideología racista construida desde 1492 en estrecha relación con la expansión colonial y, posteriormente, desde el siglo XVIII, con el desarrollo del capitalismo europeo.

El comercio de esclavos africanos y de mercancías procedentes de las colonias constituyó la savia vital del colonialismo y del primer capitalismo europeo. La justificación clásica de este proceso de expropiación de derechos y recursos se encuentra en John Locke (1632-1704), quien en su Segundo tratado sobre el gobierno civil (1689) formuló una falsa narración histórica del capitalismo al afirmar que “al principio todo el mundo era América”, una especie de tabla rasa sin pueblos ni propietarios, cuya riqueza estaba simplemente disponible para quien quisiera apropiársela.


En realidad, la célebre Doctrina Monroe, concebida inicialmente por sus promotores como una proclamación ideal de los Estados Unidos contra el colonialismo europeo, fue reinterpretada posteriormente por Theodore Roosevelt como la afirmación de la hegemonía estadounidense sobre todo el continente americano. Más tarde, junto con la doctrina del *Destino Manifiesto*, sirvió para justificar la política de protectorados de Washington sobre Centroamérica y el Caribe y, durante la Guerra Fría, las continuas intervenciones políticas y militares estadounidenses en América Latina.

En el próximo mensaje continuaré con la **Parte 3**, dedicada al supremacismo blanco, la crisis del capitalismo occidental, Ucrania, la globalización neoliberal y el riesgo de nuevas formas de fascismo.

El análisis de Fidel sobre la crisis del capitalismo, el supremacismo y las nuevas formas de fascismo 

El nazifascismo en Europa y el supremacismo blanco en América tienen raíces históricas diferentes, pero presentan también desarrollos paralelos en la actualidad. Un ejemplo de ello, según este análisis, es el caso de Ucrania, donde no solo los vínculos de una economía criminal —que financia armamentos, laboratorios biológicos carentes de controles éticos e incluso el tráfico de órganos, embriones humanos y niños— relacionan al régimen de Kiev con Washington. Existe además una afinidad ideológica entre un neonacionalismo rusófobo, que en Ucrania ha contribuido a legitimar las nostalgias del nazismo representadas por el Batallón Azov y por los seguidores de Stepan Bandera, y el imperialismo capitalista.

La combinación de nacionalismo, racismo y crisis económica, que se extendió por Europa a partir de 2009, proyectó una oscura sombra sobre aquellas sociedades que durante décadas se habían definido como democracias liberales.


La percepción de que la propia hegemonía occidental estaba perdiendo fuerza frente al ascenso de los países emergentes —como los BRICS, el ALBA y otras experiencias de integración— y frente al resurgimiento de los movimientos anticoloniales en África, Asia y América Latina, coincidió con el hecho de que el capitalismo dominante ya no lograba generar los márgenes de beneficio que anteriormente le habían permitido integrar a las clases medias occidentales dentro de su modelo de desarrollo.

El amargo descubrimiento de que el capitalismo occidental había perdido su pretendido carácter “progresista” abrió el camino a su dimensión regresiva. Como consecuencia, el conjunto del sistema político, económico e ideológico occidental entró en una auténtica crisis de civilización.

La crisis actual es sistémica y se manifiesta en la creciente contradicción entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la modernización de las relaciones de producción. Sus efectos alcanzan no solamente a las relaciones económicas, sino también al conjunto de las relaciones sociales en los países capitalistas desarrollados.

Los nuevos sujetos del trabajo, del desempleo y del trabajo negado —es decir, los proletarios explotados incluso dentro de las formas más modernas de organización productiva— ya no perciben posibilidades reales de emancipación política, cultural, social y económica dentro de la sociedad capitalista.

Esta crisis, según esta interpretación, es irreversible para el capital internacional y va mucho más allá del agotamiento de un determinado modelo de acumulación, como ocurrió tras la crisis de 1929. Abre, por el contrario, posibilidades de transformación radical no solo del sistema productivo, sino también de las perspectivas generales de la humanidad.


La globalización neoliberal, que se expresa mediante formas específicas de capitalismo, aparece de manera constante en los discursos de Fidel Castro. Según este enfoque, ha provocado una intensificación de la explotación y una reducción de los derechos laborales mediante una nueva división internacional del trabajo y un ataque permanente a los salarios y al costo del trabajo.

Este mismo proceso se refleja también en las políticas de la Unión Europea que, en su intento de adquirir una mayor autonomía política, impone programas de ajuste estructural a los países con déficit, reproduciendo mecanismos similares a los que el Fondo Monetario Internacional aplicó durante décadas en América Latina.

Las políticas de austeridad han servido para culminar una auténtica ofensiva de clase contra el movimiento de los trabajadores y para deslegitimar progresivamente el papel de los Estados nacionales, destruyendo gran parte de lo que todavía permanece de la economía pública.

Las soluciones propuestas por diversos partidos de la izquierda europea y por economistas de orientación keynesiana, que consideran al Banco Central Europeo como prestamista de última instancia, no resuelven las contradicciones estructurales de la crisis. Según esta interpretación, únicamente preparan el terreno para nuevos sacrificios económicos y sociales y para una nueva ofensiva contra los últimos espacios de economía pública aún existentes.

La pandemia de Covid-19, la guerra en Ucrania y, antes aún, la crisis financiera de 2008, han puesto de manifiesto cómo la apertura indiscriminada de los mercados dentro de los principales polos imperialistas ha provocado profundas crisis económicas y una recuperación extremadamente difícil para amplios sectores de la población.


La guerra en Ucrania ha demostrado asimismo hasta qué punto la propaganda puede convertirse en un instrumento extremadamente eficaz para modelar la opinión pública y justificar políticas autoritarias.

Los regímenes autoritarios y los movimientos extremistas recurren frecuentemente a la guerra y a las crisis internacionales para manipular a la población, promoviendo discursos que exaltan el nacionalismo y presentan al adversario como un enemigo absoluto. Esta estrategia fortalece el apoyo a políticas represivas, limita la libertad de prensa y debilita la oposición política.

El riesgo de una deriva fascista y autoritaria asociado a la guerra en Ucrania constituye una preocupación creciente que exige vigilancia y acción. Resulta esencial que las democracias consolidadas y las organizaciones internacionales sigan atentamente la evolución de estos procesos y promuevan medidas destinadas a defender los valores democráticos y los derechos humanos. Ello implica vigilar el crecimiento de las tendencias nacionalistas y autoritarias, fomentar el diálogo intercultural y proteger tanto la libertad de información como el pluralismo político.

La rapidez y la dureza de las sanciones impuestas a Rusia —y anteriormente a numerosos países como Cuba, Iraq, Irán, Sudán, Zimbabwe e incluso a la Franja de Gaza— nunca se han aplicado contra un Estado militarista, agresivo y supremacista como Israel, pese a las reiteradas violaciones del derecho internacional y a las numerosas condenas recibidas. Todo ello ha puesto de manifiesto, de forma abierta y evidente, la identificación de Israel como un puesto avanzado de la ideología y de los intereses materiales del imperialismo euroatlántico en Oriente Medio.

Aunque la diversificación de las fuentes de abastecimiento energético provocó un aumento exponencial de los precios de las materias primas —como ocurrió con el gas tras la ruptura de las relaciones con Rusia, antiguo socio energético europeo—, los indicadores de recuperación económica apenas registraron modestos signos positivos.


Entretanto, el creciente descontento social, tanto en Europa como en otras regiones, favoreció el ascenso de movimientos antisistema de extrema derecha, que presentan el nacionalismo como respuesta al desorden económico, político y social generado por la globalización.

La frustración generalizada impulsa a muchas personas a buscar seguridad en movimientos nacionalistas y populistas que cuestionan los equilibrios geopolíticos establecidos después de la Segunda Guerra Mundial.

La desglobalización marca el regreso del Estado como actor central, mientras las grandes economías continentales intentan fortalecer sus mercados internos y ampliar sus respectivas áreas de influencia. Sin embargo, este renovado nacionalismo puede convertirse también en fuente de nuevos conflictos, como demuestra la impotencia de las Naciones Unidas y de la propia Europa frente a las actuales crisis en Oriente Medio.

La creciente militarización de la Unión Europea no solo pone en peligro a los pueblos europeos, sino que también revela la profunda contradicción entre las declaraciones oficiales sobre la protección del medio ambiente y las políticas realmente aplicadas. Según esta perspectiva, detrás del discurso de la transición ecológica y de la digitalización se oculta una intensificación de la explotación del trabajo, caracterizada por la expansión del empleo precario, el teletrabajo sin garantías, la eliminación de derechos laborales y el progresivo debilitamiento de la negociación colectiva.

 


 

Rita Martufi, Mirella Madafferi y Luciano Vasapollo


#Adessonews seleziona nella rete articoli di particolare interesse.
Se vuoi leggere l’articolo completo clicca sul seguente link
 redazione

Source link


Di