Cuba impulsa reformas en nombre del socialismo para resistir el asedio imperialista. La gran apuesta de esta nueva etapa es precisamente esta: desarrollar las capacidades productivas del país sin retroceder en el terreno de la justicia social, la soberanía nacional y la propiedad social (Editorial de Luciano Vasapollo)


Una vez más, Cuba demuestra al mundo que el socialismo no es inmovilismo, sino capacidad de transformación. Quienes durante décadas anunciaron el colapso de la Revolución cubana se ven obligados hoy a enfrentarse a una realidad diferente: un país sometido al bloqueo económico más prolongado y feroz de la historia contemporánea que continúa reformándose, innovando y proyectando su futuro.

Las decisiones aprobadas por el Tercer Período Extraordinario de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular representan uno de los pasos más importantes de los últimos años. No se trata de concesiones al capitalismo, como podrían sostener algunos observadores superficiales, sino de una actualización de los instrumentos de planificación socialista para afrontar una etapa histórica caracterizada por enormes dificultades materiales, por la agresión económica de Estados Unidos y por las profundas transformaciones de la economía mundial.

El presidente Miguel Díaz-Canel afirmó que Cuba está viviendo “las horas más difíciles” de su historia reciente y que existe un deber colectivo de salvarla. Esta afirmación no debe interpretarse como una señal de debilidad, sino como la conciencia revolucionaria de la necesidad de adecuar los instrumentos económicos a los desafíos del presente.

La primera novedad se refiere al fortalecimiento de la empresa estatal socialista. Durante años, los enemigos de la Revolución sostuvieron que Cuba debía desmantelar el sector público. Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. La empresa estatal se fortalece mediante una mayor autonomía de gestión, la posibilidad de desarrollar actividades económicas complementarias, una capacidad más amplia de toma de decisiones y una reducción de las rigideces burocráticas que a menudo limitaban su eficiencia.

Las Organizaciones Superiores de Dirección Empresarial ven reducidas sus funciones administrativas y se transforman en instrumentos de coordinación más modernos. Las empresas podrán aprobar directamente precios mayoristas y minoristas, crear filiales, promover nuevas iniciativas productivas y participar en procesos de reestructuración destinados a mejorar la productividad.

Particularmente importante es la decisión de permitir que las empresas estatales y otros actores económicos realicen inversiones financieras y utilicen instrumentos innovadores de capitalización. Asimismo, se introducen mecanismos para valorizar patrimonios subutilizados mediante arrendamientos de largo plazo, acuerdos productivos y nuevas formas de cooperación económica.

Otro elemento de gran relevancia es el proceso de descentralización. Los gobiernos provinciales y territoriales adquieren mayores competencias en la creación y gestión de actividades económicas. Esto significa acercar las decisiones a los territorios, valorar las especificidades locales y fortalecer la participación de las comunidades en el desarrollo.

Al mismo tiempo, se amplía el papel de las cooperativas y de las formas de gestión no estatal. Más de tres mil pequeñas y medianas empresas y cooperativas que se encontraban pendientes de aprobación podrán finalmente operar. Se reducen los obstáculos burocráticos, se amplían los sectores de actividad permitidos y se reconoce una mayor capacidad de inversión y crecimiento.

Es importante comprender que todo esto ocurre sin poner en cuestión los principios fundamentales de la Revolución. La propiedad social sobre los medios fundamentales de producción se reafirma explícitamente. La tierra sigue perteneciendo al pueblo cubano. El Estado mantiene la dirección estratégica del desarrollo económico. Cambian los instrumentos, no los principios.

Particularmente significativa es la reforma del sector agrícola. Desde hace años, el bloqueo estadounidense golpea duramente la seguridad alimentaria del país. Por ello se introducen nuevas formas de usufructo de la tierra, una mayor autonomía de las cooperativas agrícolas, la posibilidad de exportar e importar directamente, el acceso a financiamiento internacional y la creación de un Banco de Fomento Agrícola.

El objetivo es aumentar la producción nacional, reducir la dependencia de las importaciones y garantizar una mayor soberanía alimentaria. En este marco también se reconoce el papel del mercado en la formación de los precios agrícolas, que serán definidos mediante acuerdos entre productores y compradores, aunque dentro de un marco regulado por el Estado.

De extraordinaria importancia resultan además las medidas relativas a la transición energética. Cuba enfrenta una de las crisis energéticas más graves de su historia reciente, agravada por las sanciones estadounidenses que dificultan el acceso a combustibles y tecnologías. Por esta razón se promueven inversiones públicas y privadas en fuentes renovables, incentivos fiscales, nuevas modalidades de distribución de combustibles y una mayor participación de actores económicos nacionales e internacionales.

También se replantea el sistema bancario y tributario. Se introducen instrumentos más modernos para financiar las actividades productivas, se favorece la circulación de las inversiones y se busca hacer más eficiente el funcionamiento general de la economía.

Quien observe estos cambios con honestidad intelectual comprenderá que Cuba no está retrocediendo en el terreno socialista. Por el contrario, está tratando de hacer su modelo más eficaz, más dinámico y más capaz de resistir la agresión económica externa.

Las reformas aprobadas no nacen de una elección ideológica abstracta, sino de una necesidad concreta: defender las conquistas de la Revolución en condiciones excepcionalmente difíciles. El acceso universal a la salud, la educación, la cultura y la protección social sigue representando el corazón del proyecto socialista cubano.

Mientras la Unión Europea aprueba nuevas resoluciones contra Cuba y continúa ignorando los efectos devastadores del bloqueo, la isla caribeña elige el camino de la innovación y de la participación. Mientras Washington sigue utilizando el arma de las sanciones económicas contra un pueblo de once millones de habitantes, la Revolución responde con más planificación, más eficiencia, más producción y más protagonismo popular.

Esta es la verdadera noticia que muchos medios occidentales tratan de ocultar. Cuba no se rinde. Cuba cambia para resistir. Cuba innova para seguir siendo socialista. Y precisamente esta capacidad de adaptación, sin renunciar a la soberanía nacional y a la justicia social, representa hoy una de las lecciones políticas más importantes que la isla ofrece al mundo.

El bloqueo y la nueva etapa de las reformas

Cuba necesita prosperidad para continuar su proyecto socialista en una forma moderna y avanzada, basada en una planificación socioeconómica actualizada, atenta a los desafíos ambientales, a la transición energética, al desarrollo de fuentes renovables y a un fuerte protagonismo de los territorios mediante planes descentralizados y participativos.

Esta elección hoy ya no puede aplazarse. Es una necesidad histórica impuesta por el asedio del bloqueo económico, comercial y financiero que Estados Unidos continúa aplicando contra el pueblo cubano. Un bloqueo que, por su carácter sistemático y por sus efectos en la vida cotidiana de millones de personas, adquiere cada vez más los rasgos de una medida inhumana y profundamente lesiva de los derechos fundamentales.

Es dramáticamente evidente cómo las restricciones que afectan al sector energético han agravado en los últimos meses las dificultades de la vida cotidiana, incidiendo en la producción, el transporte, los servicios y las condiciones materiales de la población. Sin embargo, precisamente dentro de esta situación extremadamente compleja, están madurando las condiciones objetivas y subjetivas para que el nuevo modelo de planificación pueda producir resultados positivos, reforzando la capacidad del país de afirmar su modelo socialista, relanzar el desarrollo y reducir de manera significativa las desigualdades.

En otras etapas históricas habría sido más difícil y contradictorio introducir las líneas de reforma y actualización que hoy se proponen. Las condiciones actuales, marcadas por la agresión económica y el bloqueo energético impuesto por Estados Unidos, hacen en cambio indispensable este paso. Un paso que Cuba afronta también valorando el intercambio y la cooperación con experiencias socialistas como las de China y Vietnam, de las cuales es posible extraer enseñanzas útiles sin renunciar a las peculiaridades de la Revolución cubana.

Cuba ha hecho todo lo posible en el plano de las relaciones internacionales y del desarrollo interno. Hoy el desafío consiste en reforzar la relación entre el desarrollo de las fuerzas productivas —a menudo obstaculizado y limitado por los efectos del bloqueo— y las relaciones sociales de producción que siguen representando uno de los elementos más avanzados de la experiencia socialista cubana.

La gran apuesta de esta nueva etapa es precisamente esta: hacer crecer las capacidades productivas del país sin retroceder en el terreno de la justicia social, la soberanía nacional y la propiedad social de los medios fundamentales de producción. En otras palabras, construir más prosperidad para consolidar el socialismo, no para superarlo. Esta es la dirección indicada por las reformas aprobadas y por la estrategia delineada por la dirección revolucionaria cubana.

 

Luciano Vasapollo

 

 


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