El Comandante en Jefe Fidel Castro había comprendido con extraordinaria lucidez una de las transformaciones más profundas del capitalismo contemporáneo: el fascismo ya no se presenta necesariamente con las formas históricas del siglo XX, sino que adopta nuevas configuraciones políticas, económicas, mediáticas e incluso institucionales. Las expresiones de la contrarrevolución, decía Fidel, cambian de lenguaje, de instrumentos y de protagonistas, pero conservan intacta su función: defender el dominio del capital contra toda experiencia de emancipación de los pueblos.
Lo que está ocurriendo hoy contra Cuba debe leerse precisamente a través de esta clave interpretativa. No estamos ante una simple confrontación entre sistemas políticos diferentes ni frente a una mera controversia diplomática. Asistimos, por el contrario, a una ofensiva sistemática que presenta rasgos propios de las formas modernas del fascismo imperialista: un imperialismo depredador que utiliza el chantaje económico, la guerra financiera, el bloqueo comercial, la manipulación de la información y la desestabilización permanente como instrumentos de agresión contra un país que continúa reivindicando el derecho a su propia soberanía.
El bloqueo impuesto por Estados Unidos desde hace más de sesenta años, endurecido progresivamente mediante decenas de medidas extraterritoriales, no representa únicamente una medida de presión política. Constituye una auténtica guerra económica permanente destinada a provocar sufrimiento en la población civil, escasez de medicamentos, dificultades energéticas, obstáculos para el desarrollo productivo y aislamiento financiero. Se trata de una estrategia que busca quebrar la resistencia de un pueblo mediante la privación material, intentando convertir las dificultades cotidianas en un instrumento de derrocamiento político.
El carácter depredador de este modelo se manifiesta con especial claridad en el momento histórico que estamos viviendo. El capitalismo global atraviesa una profunda crisis estructural, agravada por la financiarización de la economía, la creciente concentración de la riqueza y la expansión de la competencia geopolítica. En esta etapa, las grandes potencias económicas intentan reafirmar su hegemonía golpeando sobre todo a aquellos países que reivindican modelos alternativos de organización social, de planificación económica y de participación popular.
Cuba sigue representando, a pesar de todas las dificultades, una experiencia política que sitúa en el centro el derecho universal a la salud, a la educación, a la cultura y a la solidaridad internacional. Es precisamente esta alternativa la que resulta intolerable para un sistema basado en la subordinación del trabajo al beneficio y en la expansión ilimitada del mercado.
El fascismo contemporáneo no viste siempre camisa negra. Puede presentarse bajo la apariencia de la tecnocracia financiera, del autoritarismo neoliberal, del nacionalismo agresivo o de la desregulación económica. Puede utilizar el lenguaje de la seguridad, de la libertad de los mercados o de la defensa de Occidente, mientras restringe los espacios democráticos, criminaliza la disidencia y convierte la guerra en un instrumento ordinario de la política internacional.
En Europa, frente al creciente malestar social producido por las políticas de austeridad y la precarización del trabajo, muchos gobiernos liberales han normalizado progresivamente la presencia de las extremas derechas. Primero, el blanco fueron los migrantes, convertidos en chivos expiatorios de las contradicciones económicas. Posteriormente, la represión se extendió hacia los movimientos sociales, el sindicalismo combativo, los estudiantes, los intelectuales críticos y todos aquellos que cuestionan el paradigma dominante.
Los grupos de extrema derecha desempeñan así una función precisa: representan el rostro más brutal del poder, mientras el liberalismo se presenta como el mal menor. Es el mecanismo del chantaje permanente: acepten las políticas neoliberales, porque la alternativa sería aún peor. De este modo se reducen progresivamente los espacios democráticos, hasta vaciar de contenido las propias formas históricas de la democracia burguesa.
A escala internacional, el fenómeno adquiere características aún más evidentes. El imperialismo contemporáneo se manifiesta como un sistema corsario y depredador que pretende decidir qué gobiernos son legítimos y cuáles deben ser derrocados, qué elecciones son válidas y cuáles deben ser impugnadas, qué derechos merecen protección y cuáles pueden ser ignorados.
Las sanciones económicas unilaterales, el recurso sistemático a las llamadas “revoluciones de colores”, la presión financiera ejercida a través de los organismos internacionales, las campañas mediáticas coordinadas y la creciente militarización de las relaciones internacionales constituyen instrumentos distintos de una misma estrategia de dominación.
En este contexto, la agresión contra Cuba adquiere un valor emblemático. Golpear a la isla significa intentar borrar uno de los símbolos históricos de la independencia latinoamericana y de la autodeterminación de los pueblos. Significa atacar a un país que, aun sometido a un asedio económico sin precedentes, continúa invirtiendo en la formación, la medicina pública, la cooperación internacional y la investigación científica.
Las campañas de deslegitimación intentan sistemáticamente ocultar estos aspectos, reduciendo a Cuba exclusivamente a las consecuencias del bloqueo económico que precisamente quienes la acusan continúan alimentando.
No es casualidad que las nuevas derechas internacionales compartan un lenguaje cada vez más agresivo hacia la isla. Desde las experiencias ultraliberales latinoamericanas hasta importantes sectores del trumpismo en Estados Unidos, pasando por diversas expresiones de la extrema derecha europea, se consolida una visión que identifica cualquier forma de organización social alternativa al neoliberalismo como un enemigo que debe ser eliminado.
Es en este contexto donde cobran relevancia las diversas manifestaciones del nuevo autoritarismo internacional, desde Javier Milei hasta Donald Trump, pasando por las múltiples expresiones de la extrema derecha europea. A pesar de sus diferencias, estas experiencias comparten una concepción de la política basada en la exaltación del mercado, la concentración del poder, la criminalización del conflicto social y la subordinación de los derechos colectivos a los intereses del gran capital.
Defender hoy a Cuba no significa únicamente expresar solidaridad con un país sometido a embargo. Significa defender el principio fundamental de la autodeterminación de los pueblos, el derecho de las naciones a elegir libremente su propio modelo económico y social sin sufrir chantajes, agresiones o intentos de desestabilización.
La comunidad internacional debería reflexionar sobre las consecuencias humanitarias de un bloqueo económico que desde hace décadas golpea sobre todo a la población civil. Seguir utilizando el hambre, la escasez de medicamentos, las dificultades energéticas y el aislamiento financiero como instrumentos de presión política significa aceptar una lógica incompatible con cualquier auténtico principio de convivencia internacional.
La lección de Fidel Castro conserva hoy una extraordinaria vigencia. Las formas cambian, los protagonistas se transforman, los lenguajes se actualizan, pero la contradicción fundamental permanece intacta: por un lado, un imperialismo cada vez más agresivo, dispuesto a utilizar cualquier medio con tal de preservar su hegemonía; por otro, los pueblos que continúan reivindicando el derecho a la soberanía, a la justicia social y a la construcción de un orden internacional multipolar basado en la cooperación y no en la dominación.
Es precisamente por ello que Cuba continúa representando mucho más que una isla caribeña. Sigue siendo uno de los principales laboratorios políticos de la resistencia al imperialismo contemporáneo y uno de los símbolos más significativos de la lucha por un mundo basado en la paz, la solidaridad y la dignidad de los pueblos.
Luciano Vasapollo y Rita Martufi
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