Una mesa preparada, un almuerzo sencillo, cien personas con historias diferentes pero unidas por la fragilidad, y un Papa sentado junto a ellas sin distancias. Es esta la imagen que llega desde el Borgo Laudato si’ de las Villas Pontificias de Castel Gandolfo, donde el Papa León XIV quiso encontrarse y almorzar con personas en situación de vulnerabilidad social asistidas por la Diócesis de Roma a través de Cáritas, junto con los operadores de las asociaciones comprometidas cada día al lado de los últimos.
Un gesto que habla el lenguaje del Evangelio y que se sitúa en evidente continuidad con el camino trazado por el Papa Francisco, quien siempre indicó en la cercanía concreta a los pobres, a los migrantes y a los excluidos el rostro más auténtico de la Iglesia. Así como Bergoglio hizo de la misericordia una elección pastoral central, también León XIV muestra desde el inicio de su pontificado una Iglesia que no contempla el sufrimiento desde lejos, sino que se sienta a la misma mesa de quienes viven en los márgenes.
Para recibir al Pontífice estaban más de cien personas vulnerables, los operadores de Cáritas, los representantes de las realidades solidarias y el personal del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, con la nueva prefecta, sor Alessandra Smerilli, y el nuevo proprefecto, el cardenal Fabio Baggio. También estaban presentes el vicario de Roma, el cardenal Baldassare Reina, y numerosos colaboradores de la Iglesia romana.
El menú de la jornada —amatriciana, asado de ternera, achicoria salteada y fresas con nata— fue casi un detalle frente al significado profundo del encuentro. Porque aquella verdadera era una mesa simbólica: una mesa donde las diferencias sociales son superadas y donde la dignidad de cada persona es reconocida antes que cualquier otra cosa.
“El Papa tiene como título, entre otros, el de Pontífice, constructor de puentes. Y nosotros hoy quisiéramos también construir un puente con todos ustedes, con sus familias y con la sociedad en la que queremos vivir”, dijo León XIV dirigiéndose a los presentes.
Después pronunció una frase destinada a sintetizar el sentido de toda la jornada: “He venido sin discurso, pero con hambre, hambre de justicia”.
No se trata solamente de un hambre material, sino del hambre evangélica de un mundo diferente, liberado de las causas profundas de la pobreza y de la exclusión. “Queremos vivir, sin embargo, con justicia, en un mundo donde se puedan eliminar las causas de la pobreza, donde se puedan eliminar las causas de las injusticias que todavía existen en nuestro mundo”, añadió el Papa.
Es una perspectiva que recuerda fuertemente la visión social de Francisco: la caridad no como una simple asistencia, sino como compromiso para cambiar las condiciones que producen sufrimiento. Una Iglesia que cura las heridas, pero que al mismo tiempo denuncia las estructuras que generan desigualdad.
Una Iglesia pobre y para los pobres
“Esta es la Iglesia que queremos ser”, afirmó León XIV agradeciendo a todos aquellos que hicieron posible el encuentro. “Tenemos hambre, sí, pero hambre de justicia, hambre de auténtica caridad, hambre de una Iglesia que verdaderamente sabe abrir las puertas, que sabe acoger y recibir a todos, donde hay amor para todos y donde nadie es enemigo, donde todos sabemos vivir la reconciliación, el perdón y la paz”.
Palabras que delinean un modelo eclesial preciso: una Iglesia sin puertas cerradas, capaz de encontrarse con cada persona y de construir fraternidad allí donde a menudo prevalecen la soledad, el miedo y la división. “Una Iglesia pobre y para los pobres”, como dijo el Papa Francisco al encontrarse por primera vez con los periodistas en el Aula Pablo VI después de su elección en marzo de 2013.
La mesa compartida se convierte así en una imagen poderosa de la comunidad cristiana. “Cuando estamos juntos, cuando vivimos este espíritu de encuentro todos juntos en la mesa, la única mesa donde Jesús también está presente con nosotros, estamos verdaderamente construyendo un mundo diferente, un mundo de esperanza, un mundo que es luz en medio de este mundo”.
Una frase que recuerda directamente los gestos de Jesús en los Evangelios, cuando la mesa se convierte en lugar de encuentro, reconciliación y anuncio. No un simple momento de convivencia, por tanto, sino una elección pastoral y política en el sentido más elevado del término: poner a la persona en el centro.
El Papa recordó después las heridas del presente: “Muchas veces esta realidad está precisamente rota por la violencia, por el odio, por las discriminaciones”. Ante estas fracturas, invitó a todos a no rendirse: “Trabajemos juntos. Tratemos de ser siempre esta experiencia de Iglesia de justicia, de paz y de amor”.
Antes de la bendición de los alimentos y de los presentes, León XIV rezó por las familias, por quienes viven en dificultad y por todos aquellos que llevan en el corazón sufrimientos a menudo invisibles: “Bendice a todos aquellos que se encuentran en dificultad y en el dolor, para que también ellos puedan encontrar la paz, el perdón y la reconciliación”.
Para explicar el valor eclesial de la iniciativa fue el limosnero pontificio, monseñor Luis Marín de San Martín, prefecto del Dicasterio para el Servicio de la Caridad. “La elección del Santo Padre confirma que la caridad consiste en la cercanía, en el encuentro y en compartir. Cuando la Iglesia pone en el centro a las personas más vulnerables, hace visible el Evangelio y testimonia que nadie está al margen del corazón de Dios”.
El almuerzo, subrayó, “no fue solamente un momento de convivencia, sino un gesto eclesial: una Iglesia que no habla de los pobres desde lejos, sino que se pone a su lado, escucha sus historias y reconoce su dignidad”.
Entre los invitados había también trece jóvenes extranjeros asistidos por el Centro Astalli, el Servicio de los Jesuitas para los Refugiados en Italia. Algunos de ellos viven en las comunidades de acogida nacidas después del llamamiento del Papa Francisco en 2013, cuando visitó precisamente el Centro Astalli.
Las historias llevadas a la mesa cuentan el rostro concreto de las migraciones y de la solidaridad: Irene, llegada desde Tanzania con sus dos hijos y hoy comprometida en reconstruir una nueva vida; un hombre procedente de Ucrania acogido por una parroquia romana después de verse obligado a abandonar su tierra a causa de la guerra; Isabel, refugiada peruana y estudiante universitaria acompañada por el Centro Astalli; Conde, llegado desde Sudán y formado profesionalmente en el sector de la pastelería gracias a los programas de inclusión del Borgo Laudato si’. Junto a ellos también había un ciudadano italiano acompañado por una parroquia romana.
Historias diferentes, un único mensaje: la vulnerabilidad nunca cancela la dignidad.
En su intervención, el cardenal vicario Baldassare Reina recordó la responsabilidad cotidiana de la Iglesia de Roma
“No permanecer inmóviles, no esperar que los demás vengan a nosotros, sino tener el valor de salir, recorrer las calles de la ciudad, habitar las periferias de la existencia y llegar a quienes están solos, quienes sufren, quienes han perdido la esperanza”.
El vicario de Roma recordó el trabajo silencioso de miles de personas comprometidas en las parroquias, en Cáritas, en las comunidades religiosas, en los comedores, en los albergues y en los centros de escucha. “Una comunidad que sirve, que se inclina sobre las heridas de la humanidad, que no busca privilegios sino cercanía”, afirmó.
Es el rostro de una Iglesia que, como indicó Francisco y ahora reafirma León XIV, no puede limitarse a proclamar el Evangelio, sino que debe encarnarlo en gestos concretos. Una Iglesia que elige la cercanía frente a la indiferencia, la acogida frente a la exclusión, la fraternidad frente a cualquier muro.
En el Borgo Laudato si’, lugar nacido precisamente de la intuición ecológica y social del Papa Francisco, León XIV lanzó un mensaje claro: la paz, la justicia y la caridad no son palabras abstractas, sino que también se construyen alrededor de una mesa compartida.
“Buen provecho, bienvenidos todos”, concluyó el Papa. Una frase sencilla, pero capaz de resumir el sentido de una jornada: en la casa de la Iglesia nadie debe sentirse extranjero.
Sante Cavalleri
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