Fascismo institucional, genocidio y políticas de guerra. El pensamiento de Fidel demuele la superestructura ideológica, el autoritarismo y el racismo (Rita Martufi, Mirella Madafferi y Luciano Vasapollo)


Son de atroz actualidad y ya criminales evidencias históricas las circunstancias, desde 1948 en adelante, en las que el derecho internacional ha sido ignorado por el Estado colonial sionista.

Esta constatación implica una crítica severa y radical del papel de las NU (Naciones Unidas) como garantes de la aplicación del derecho internacional, de lo cual se deriva la urgencia de una reforma profunda del sistema de la ONU.

La definición de genocidio, según la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de las Naciones Unidas, incluye actos encaminados a destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Las acusaciones de genocidio deben estar respaldadas por pruebas concretas de tales intenciones y actos sistemáticos. En este caso, algunas organizaciones humanitarias y de derechos humanos han documentado las violaciones y solicitado intervenciones. Sin embargo, el Consejo de Seguridad ha adoptado resoluciones que piden el cese del fuego y mejoras en las condiciones humanitarias, pero no proclaman explícitamente el genocidio y, por ello, las acciones concretas han sido limitadas. La Corte Penal Internacional (CPI) ha iniciado investigaciones sobre posibles crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad, pero el proceso legal es largo y complejo. Las consecuencias humanitarias de la crisis en Gaza son evidentes. El sufrimiento humano, la pérdida de vidas y la destrucción de las infraestructuras son innegables. La comunidad internacional debe afrontar la situación con urgencia, buscando soluciones que puedan aliviar el dolor de los civiles y promover una paz duradera.

En septiembre de 2019, el Parlamento Europeo aprobó una resolución que equipara el nazismo y el comunismo, presentada por los partidos más reaccionarios y anticomunistas de los países que Bush definió como la nueva Europa (Polonia, República Checa, Letonia, Estonia), pero aprobada también por los partidos liberales y socialdemócratas.


Aquella resolución fue decisiva para abrir la caja de Pandora de la revalorización del fascismo en Europa, tanto porque aludía a la tesis según la cual el nazismo nació como una reacción de Europa ante la amenaza del comunismo —y no como una degeneración consciente de las clases dominantes europeas tras la crisis económica de los años treinta—, como porque el concomitante y creciente conflicto en Ucrania —iniciado en 2014 y no en febrero de 2022— había servido de incubadora para muchas organizaciones neofascistas y neonazistas en función ultranacionalista y rusófoba en Europa.

Quienes en Europa criticaban a Trump en los Estados Unidos reproducían paulatinamente sus peores impulsos hacia los inmigrantes, alimentando tanto la islamofobia como la jamás adormecida eslavofobia.

Y el salto de calidad más preocupante ha sido precisamente el regreso de la guerra a Europa y la complicidad europea con el genocidio de los palestinos y el genocidio pretendido por el imperialismo estadounidense contra Cuba.

El Informe del Sipri (Stockholm International Peace Research Institute) que analiza los gastos para el rearme en los países de la Unión Europea es muy claro: la Unión Europea se caracteriza por tener el segundo presupuesto en gastos de armamento; en el primer puesto se encuentran los EE. UU., seguidos por China.

In 2023, los 27 países de la UE emplearon alrededor de 300.000 millones de euros para comprar armas, aproximadamente la mitad de todo el Recovery Fund y un tercio del presupuesto septenal de la UE. Nuestro país se sitúa en el tercer puesto por gasto en armas, con unos 33.000 millones, por detrás de Alemania y Francia.


Si se observa el gasto global, se llega a unos 2,3 billones de euros, con un aumento del 6,8% respecto al año anterior; se trata del mayor crecimiento en armamentos de los últimos diez años. Los países de la UE registraron un aumento del 20%. Rusia, del 24%, una cifra mucho más alta que la de los Estados Unidos (2,3%) y la de China (6%).

En 2024, por primera vez, más de 20 Estados gastarán más del 2% del PIB, objetivo fijado en 2006.

La intensificación de la competencia entre monopolios resulta ser la causa principal de guerras e intervenciones militares imperialistas, entre ellas el conflicto en Ucrania, visto como una lucha entre bloques capitalistas por el control de los mercados, de los recursos naturales y de las vías de transporte de la energía. Se acusa a la UE de ser uno de los principales orquestadores y financiadores de esta guerra, y se denuncia la implicación de los países europeos, lo que los expone a represalias y a riesgos de un conflicto nuclear.

Basta pensar en los temas cada vez más pervasivos en la opinión pública sobre las políticas militaristas de la UE, que incluyen la creación de estructuras militares como PESCO y misiones en la zona del Mar Rojo.

Tomando en consideración la Eurozona, podemos constatar cómo el gasto destinado a las ayudas militares exteriores ha crecido exponencialmente con la entrada en guerra de Ucrania con Rusia, de acuerdo con la promesa europea de apoyo a la OTAN y a Ucrania.


El gasto militar global alcanzó un máximo histórico de 2,443 billones de dólares debido al empeoramiento de la paz y la seguridad en el mundo. Ucrania gastó en 2023 el 59% en comparación con Rusia, pero con las ayudas militares recibidas, principalmente de los Estados Unidos, alcanzó casi el 91% del gasto ruso. Los Estados Unidos siguen siendo los principales financiadores de la OTAN, pero los países europeos están aumentando su cuota. En 2023, 11 de los 31 miembros de la OTAN alcanzaron o superaron el objetivo de gasto del 2% del PIB en defensa. Italia gastó 28.600 millones de euros en defensa en 2023 y se prevé que gaste 39.200 millones en 2024 para alinearse con el objetivo del 2% del PIB. A pesar del incremento de los gastos militares, los efectos económicos positivos son limitados, beneficiando principalmente a los lobbies de las armas. Los gastos militares absorben recursos que podrían destinarse a otros sectores, y el coste por ciudadano en los países de la OTAN ha aumentado significativamente. Según Moody’s, esta carrera armamentista podría complicar la reducción de la deuda pública y debilitar el perfil crediticio de los países, siendo España e Italia particularmente vulnerables debido al bajo apoyo popular y a las brechas en el gasto de defensa.

La humanidad asiste con angustia a la escalada de violencia en Oriente Medio, en Cuba y en Ucrania, además de a las más de cincuenta guerras en curso en el mundo, muchas de ellas en África. Nuestra Escuela Marxista de Economía Decoloniale identifica detrás de estas crisis un elemento común significativo: el complejo militar-industrial. Este complejo representa una entidad económicamente poderosa con una enorme influencia sobre gobiernos y políticas nacionales. Las empresas del sector militar producen armamentos sofisticados, desde drones hasta armas nucleares, que se venden a los gobiernos de todo el mundo y se utilizan masivamente para mantener el orden internacional basado en la contraposición entre el modelo imperialista liderado por los Estados Unidos y los países emergentes que resisten a la subordinación impuesta.

Como siempre destacó Fidel en sus reflexiones, los intereses económicos empujan al mantenimiento de una maquinaria militar costosa, alimentando la perpetuación de los conflictos. El complejo militar-industrial utiliza lobbies y financiamiento para influir en las decisiones de los políticos, presionando por mayores gastos militares y ventas de armas, contribuyendo así a mantener vivas situaciones de conflicto en lugar de buscar soluciones pacíficas. Las empresas del sector militar obtienen enormes beneficios de la venta de armas y servicios de defensa. Esto puede resultar lucrativo para las empresas implicadas, pero resulta inmoral lucrar con el sufrimiento humano y los conflictos, especialmente considerando las violaciones de los derechos humanos vinculadas al uso de armas producidas por estas empresas.

Las contradicciones que se desarrollan entre la competencia por el poder de carácter nacionalista y la de carácter supranacional conducen inevitablemente a un renovado protagonismo belicista. Así como, en el siglo pasado, el nacimiento de los nacionalismos condujo a dos guerras mundiales en Europa, hoy el imperialismo europeo intenta relanzar su propia posición dominante a través de una guerra por delegación (o proxy war) de los Estados Unidos contra Rusia. Los objetivos son múltiples: por un lado, favorecer una recuperación económica mediante el llamado “keynesianismo militar”; por otro, reapropiarse de una condición de superioridad respecto a la determinación de los propios Estados nacionales, cada vez más caracterizados por tensiones centrífugas anti-sistema (europeo).

El caso de la guerra en Ucrania y el compromiso de la Unión Europea en el suministro de armas y recursos a Kiev asumen un doble significado: por una parte, relanzar su propio dominio sobre la región; por otra, sellar el pacto de alianza con la OTAN y con los Estados Unidos —vistos al mismo tiempo como “hermano enemigo”— que están llevando a cabo la denominada guerra por delegación contra el gigante económico ruso.


La guerra en Ucrania ha puesto de relieve el riesgo creciente de tendencias fascistas y autoritarias que emergen como consecuencia directa e indirecta del conflicto. Analizar estos riesgos es fundamental para comprender el impacto duradero de la guerra y las potenciales implicaciones para la democracia y los derechos humanos. El conflicto, de hecho, ha exacerbado las tensiones nacionales y regionales, llevando a una creciente visibilidad e influencia de movimientos extremistas y nacionalistas en varios países. Entre estos, preocupan de manera particular los tres países bálticos: Lituania, Lettonia y Estonia. Sin embargo, es obviamente en Ucrania donde la intensificación del conflicto ha visto el surgimiento más masivo de grupos con ideologías ultranacionalistas. Aunque el gobierno ucraniano ha intentado negar esta realidad, proclamando de palabra la defensa de su soberanía y la protección de los valores democráticos, algunos grupos extremistas han encontrado un terreno fértil en el contexto de guerra y crisis. Entre estos, el Batallón Azov representa la realidad con el mayor impacto, tanto real en los escenarios bélicos como mediático.

La guerra en Ucrania también ha aumentado la militarización en diversas áreas. En muchos países, la idea de un Estado más fuerte y más centralizado, capaz de responder a las amenazas externas, está ganando terreno. Este proceso puede llevar a una mayor aceptación de la represión interna, con gobiernos que justifican la violación de los derechos civiles y de las libertades fundamentales como medidas necesarias para la seguridad nacional. La militarización de las fuerzas de policía y de las agencias de seguridad, en respuesta a amenazas percibidas o reales, puede traducirse en una creciente erosión de las instituciones democráticas y de los mecanismos de control y equilibrio (checks and balances). Los efectos concretos de la guerra, como demostró el conflicto en Yugoslavia, incluyen daños ambientales y sanitarios significativos. Las armas químicas han provocado la contaminación del territorio y daños mutagénicos a largo plazo, afectando a varias generaciones. Estos efectos han llevado a la exigencia de sistemas de monitoreo ecológico y biológico para prevenir tales daños.

Tras la Guerra Fría, el colapso del bloque del Este no redujo los riesgos de una guerra a gran escala. La difusión de las tecnologías de armamento nuclear y el intento de los Estados Unidos de mantener una ventaja estratégica, como en el caso del escudo espacial, siguieron preocupando. Este panorama incluye el concepto estratégico OTAN-EE. UU., que apunta al control de áreas estratégicas y a la gestión de las potencias emergentes como China, Rusia, India e Irán. La economía de guerra se ha convertido en un medio para que el capital internacional afronte las crisis sistémicas. La ralentización económica en Europa, con previsiones de crecimiento revisadas a la baja y el aumento de los precios de los bienes energéticos, podría empujar a los países europeos a incrementar el gasto militar, reforzando así su sumisión a los intereses de la OTAN. Este escenario demuestra la validez prospectiva de las ideas de Fidel Castro, según las cuales la ciencia y la tecnología, lejos de ser neutras, han sido integradas en las lógicas imperialistas y militaristas, revelando su papel como instrumentos de un sistema político y económico dominado por el capitalismo.

Además, el apoyo a toda costa a la guerra en Ucrania, unido a las sanciones contra Rusia —una política llevada a cabo sobre la base de las previsiones optimistas de los occidentales— ha mostrado de hecho la enorme miopía occidental: las sanciones no han golpeado a la economía rusa como se preveía; al contrario, han dañado a la economía alemana, tal como lo indican las recientes previsiones de crecimiento del Fondo Monetario Internacional.

Asimismo, es necesario intentar cambiar de perspectiva e integrar en la visión de la realidad el poder subterráneo de las finanzas. El conflicto entre Rusia y Ucrania puede verse bajo una luz diferente si lo consideramos en relación con las dinámicas globales de crédito y deuda, en lugar de a través de las narrativas prevalecientes de autodeterminación y soberanía. Este conflicto no es solo una cuestión de reivindicaciones territoriales o de libertad nacional, sino que representa también una disputa económica a escala global. La cuestión central es si el gran deudor global (los Estados Unidos) está intentando superar el multilateralismo para retornar a un sistema bipolar, o si está intentando crear un bloque ruso-chino para interrumpir la integración comercial entre Rusia, Europa y China. La investigación futura tendrá que confirmar o refutar esta hipótesis.


Por lo tanto, las políticas de desglobalización encuentran como epifenómeno de la introducción de un nuevo orden económico, precisamente, la guerra en Ucrania.

La vida individual está, en cualquier caso, marcada por procesos que se desarrollan a escala estatal, al igual que la cuestión de la seguridad y la inseguridad. Los procesos en marcha están conduciendo a un reajuste y a una reelaboración de la estatalidad, en la que se supera el paradigma que prevé una coincidencia absoluta entre Estado, territorio y soberanía, produciendo realidades locales que no se pueden reducir únicamente a la voluntad del Estado central.

A pesar de la crisis del Estado-nación, la propia UE se encuentra ante un intento de reorganización a través de un nuevo neonacionalismo emergente en Europa. Las fuerzas políticas de derecha, caracterizadas por ideologías xenófobas, están ganando terreno en diversos países europeos como Alemania, Francia y Austria. Este fenómeno es atribuible a la respuesta populista de las derechas a los desafíos globales, tales como la inmigración y la crisis económica, problemas agravados por las políticas de austeridad de la UE que han reducido la protección social para las clases más desfavorecidas.

En muchas de sus intervenciones, el Comandante en Jefe Fidel subraya que, si en los años treinta las clases dominantes liberales en Europa habían visto en el fascismo y en el nazismo la herramienta para obstaculizar, atacar y destruir al creciente movimiento obrero y comunista, en el siglo XXI pretenden gestionar las dificultades de su crisis con un recurso creciente al autoritarismo y redescubriendo formas públicas y ocultas de colaboración con las organizaciones y los partidos fascistas.

En todos los países europeos, entre 2011 y hoy, se han introducido leyes de policía liberticidas contra las manifestaciones, los conflictos sindicales y sociales, las organizaciones populares y las de izquierda. ¿Cómo se explica este miedo a las masas populares y a sus organizaciones en una fase histórica en la que el movimiento obrero y comunista en Europa es sumamente débil?


Ante el creciente malestar social de amplios sectores populares, los gobiernos liberales europeos han encomendado a los grupos fascistas la tarea de hacer el “trabajo sucio”: primero contra los inmigrantes, alimentando el racismo, y luego contra los grupos sociales más débiles, alimentando la selección social y la represión. Los fascistas sirven para mostrar un lado sucio del poder que los liberales explotan como espantapájaros para chantajear a las fuerzas progresistas y a las clases populares afirmando: “estén tranquilos porque podría llegar al poder alguien más duro que nosotros”.

De este modo se alimenta la pasivización de las masas y se alimenta la letal ideologia del TINA (There Is No Alternative / No Hay Alternativa), rechazando e hipotecando así cualquier hipótesis de transformación social que, por el contrario, se hace hoy cada vez más necesaria frente a las amenazas de guerra, a las insoportables desigualdades sociales y al infarto ecológico del planeta.

Si pensamos en los miles de arrestos y heridos entre los manifestantes en estos años en Francia y en España durante las luchas contra la austeridad económica, o en el altísimo número de activistas denunciados y arrestados en Italia por manifestaciones y acciones de protesta a través de nada menos que cuatro leyes de seguridad aprobadas en solo ocho años, se comprende que las clases dirigentes europeas son conscientes de que ya no pueden asegurar la estabilidad social ni la distribución de la renta a sus poblaciones. No es casualidad que las desigualdades sociales hayan crecido muchísimo, y también a este tema dedicó Fidel discursos, reflexiones y programas políticos.

Es importante destacar que la guerra en Europa no regresó con el conflicto en Ucrania, sino que ya estaba presente en 1999 con la vergonzosa agresión de la OTAN a Serbia, los bombardeos sobre Belgrado y sobre las ciudades yugoslavas, y la ideología eslavófoba manifestada tanto por las fuerzas reaccionarias como por las liberales, la cual inspiró la comunicación política de aquella guerra. Es la misma ideología que hemos vuelto a ver en acción en la guerra en Ucrania, declinada en este caso como rusofobia.

No solo ha habido sanciones económicas, sino también culturales: en las universidades, en los teatros, en los eventos culturales. Y ya antes, esta presunta contraposición de civilizaciones había sido utilizada como arma contra el mundo árabe-islámico. No solo eso. Esta superestructura ideológica, cada vez más parecida al racismo, está en la base de las crecientes medidas represivas contra los migrantes que intentan llegar a Europa desde el Mediterráneo meridional y desde la ruta balcánica.


Una verdadera obsesión que se gestaba en el vientre profundo de Europa y que solo esperaba la oportunidad para manifestarse. Las tensiones y luego el conflicto abierto en Ucrania han desatado los espíritus animales de los que la “bestia” de la que hablaba Bertolt Brecht “aún es fecunda”.

Las campañas políticas y mediáticas desatadas por las élites neoliberales contra la ideología populista, especialmente tras la crisis de 2008, requieren una aclaración: no existe una verdadera ideología populista. Los movimientos populistas —desde los Narodniki rusos hasta el Partido Populista americano, pasando por el peronismo y los populismos latinoamericanos, hasta los populismos occidentales actuales, de derecha y de izquierda— difieren en su composición social, agenda política y valores. El populismo no es una filosofía codificada como el marxismo, sino más bien un conjunto de técnicas y estilos de comunicación política que se manifiestan de diversas maneras: lenguaje simplificado, polarización extrema, relación directa entre el líder y la base sin intermediarios, movilización de un público transversal, crítica a las castas tradicionales y oposición entre el pueblo y la élite. Estos rasgos no pertenecen solo a los partidos populistas, sino también a aquellos que dirigen campañas antipopulistas, como lo demuestran figuras como Meloni o Macron. Esta tendencia se ve favorecida por la disgregación social causada por el neocapitalismo y la mediatización de la política.

Fidel sigue estando muy atento cuando identifica que las formaciones políticas con ambiciones antisistémicas intentan liderar las revueltas de masa generadas por los efectos de la revolución neoliberal, como las protestas en América Latina, Occupy en los Estados Unidos, los Indignados en España y los Gilets Jaunes (Chalecos Amarillos) en Francia. Sin embargo, estas experiencias políticas, a pesar de sus éxitos iniciales, han enfrentado límites y crisis.

Ernesto Laclau analizó el fenómeno populista introduciendo conceptos como el “momento populista” y la “cadena equivalencial”. El momento populista se produce cuando el sistema democrático liberal ya no logra responder a las demandas de los diversos grupos sociales, llevando a una convergencia de reivindicaciones que crea un efecto dominó. Si una fuerza política aprovecha esta dinámica para construir un pueblo contrapuesto a la élite, puede generar un verdadero cambio normativo, yendo más allá de la simple alternancia política. El signo ideológico de este cambio depende de las reivindicaciones que asuman un papel hegemónico en la cadena equivalencial: podría prevalecer la derecha con demandas como el recorte de impuestos o el separatismo fiscal, o bien la izquierda con la nacionalización de los servicios públicos y la protección del trabajo. En definitiva, el populismo representa una forma de lucha de clases en una época en la que las identidades sociales están fragmentadas y carecen de autonomía. En el populismo, categorías sociales diferentes —como asalariados, desempleados, jóvenes, jubilados y pequeños empresarios— se unen en la percepción colectiva de los efectos negativos de la desglobalización. Esta alianza, aunque compuesta por sujetos con identidades inciertas, intenta restablecer una comunidad integrada en una sociedad que ya no funciona como antes. Las versiones del “primer populismo” se adaptaron a una filosofía de partido ágil, sin estructuras intermedias sólidas, basada en el liderazgo directo y en los medios de comunicación, y en la agregación de demandas heterogéneas sin intentos de síntesis política.

En Europa, el ascenso de los movimientos “eurofóbicos”, reaccionarios y nacionalistas se atribuye a las políticas adoptadas por la Comisión Europea en los últimos veinte años. La Unión Europea ha sido transformada en un instrumento del capitalismo financiero, imponiendo reglas estrictas a los gobiernos a través de un complejo sistema legal, a veces inscrito en las constituciones nacionales. Las élites neoliberales han logrado hacer recaer su fracaso social —manifestado en la crisis financiera de 2008— sobre los propios Estados, empujándolos a convertirse en instituciones rentables y competitivas.


El autoritarismo que caracteriza a los mencionados postfascismos europeos y no solo nace de una necesidad de centralización del poder que se ha vuelto fluido, descentralizado e interconectado, desafiando el modelo estatal tradicional y requiriendo nuevas modalidades de gobernanza en las que el Estado posmoderno compite para atraer flujos económicos y de información.

Rita Martufi, Mirella Madafferi y Luciano Vasapollo


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