Cuba, la democracia que no quieren ver. Respuesta a quienes repiten los lugares comunes de Occidente (Editorial de Luciano Vasapollo)


En los últimos días han llegado a la redacción de FarodiRoma y Medifighter diversas cartas y comentarios críticos tras las iniciativas de solidaridad con Cuba y el debate celebrado en Roma en el Cinema Aquila. Nada nuevo. Desde hace décadas, cada vez que se habla de la Revolución cubana, resurgen las mismas acusaciones: “no hay democracia”, “no hay libertad”, “hay presos políticos”, “se trata de una dictadura”.

Son afirmaciones que se repiten con tal frecuencia que parecen verdades asumidas. Sin embargo, rara vez quienes las pronuncian demuestran conocer realmente la realidad cubana, su historia, su sistema político y, sobre todo, las condiciones excepcionales en las que el pueblo cubano se ve obligado a vivir desde hace más de sesenta y siete años.

La primera pregunta que deberíamos hacernos es muy simple: ¿qué entendemos por democracia?

¿Es realmente democrático un sistema en el que segmentos cada vez más reducidos de la población participan en el voto? ¿Es realmente democrático un modelo en el que las decisiones fundamentales están a menudo determinadas por el poder económico, financiero y mediático? ¿Es realmente democrático un sistema que deja al margen a millones de ciudadanos, privados de representación efectiva y cada vez más alejados de las instituciones?

En Cuba existe un modelo distinto, que puede compartirse o criticarse, pero que no puede ser reducido a eslóganes superficiales. Se trata de una concepción de la democracia basada en la participación territorial, en las asambleas de barrio, en el involucramiento de las organizaciones sociales y populares, y en un proceso de selección de candidatos que no depende de campañas millonarias ni de lobbies económicos.

Se puede debatir este modelo, pero no se puede fingir que no existe.

El bloqueo: expresión de una política criminal que activa un genocidio para colonizar la perla del Caribe

Existe además una segunda cuestión que muchos prefieren ignorar: Cuba vive desde hace más de medio siglo bajo un bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. No un simple embargo bilateral, como a menudo se lo define, sino un sistema de sanciones extraterritoriales que afecta a cualquiera que mantenga relaciones con la isla.

Imaginemos por un momento cualquier otro país sometido durante décadas a una presión económica semejante, agravada hoy por nuevas medidas restrictivas. Imaginemos las consecuencias sociales, productivas y financieras. Y, sin embargo, Cuba continúa garantizando educación pública, sanidad universal, investigación científica y programas sociales que muchos países más ricos no logran ofrecer.

Durante la pandemia de Covid, el mundo vio a médicos cubanos actuar en decenas de naciones, incluidas regiones italianas en dificultades. Desde hace décadas, miles de profesionales cubanos trabajan en los contextos más pobres de América Latina, África y otras regiones del planeta. No es propaganda. Es una realidad documentada.

Las fake news sobre los presos políticos

Existe también el tema de los llamados “presos políticos”, a menudo invocado sin distinguir entre casos diferentes y sin contextualización alguna. Como ocurre en cualquier país, también en Cuba existen personas detenidas por delitos comunes y procedimientos judiciales que pueden ser objeto de debate y evaluación crítica. Pero transformar automáticamente a cada detenido en un perseguido político es una simplificación que no ayuda a comprender la realidad.

La cuestión fundamental es otra: ¿por qué Cuba está sometida a un nivel de escrutinio y condena que rara vez vemos aplicado a otros países aliados de Occidente, donde también se registran violaciones de derechos humanos, represión social y profundas desigualdades económicas?

La respuesta es evidente. Cuba sigue representando una experiencia de independencia nacional, soberanía política y resistencia a un orden internacional dominado por las grandes potencias económicas. Eso es lo que muchos no le perdonan.

Naturalmente, Cuba no es un paraíso. Ninguna sociedad lo es. Existen problemas, dificultades, contradicciones y límites que los propios cubanos debaten a diario. Pero una crítica seria debería partir del conocimiento de los hechos y no de la repetición mecánica de estereotipos construidos durante décadas de guerra mediática.

Un vínculo fecundo entre dirección política y pueblo organizado

Cuba ha resistido y continúa resistiendo desde hace más de sesenta y cinco años un bloqueo económico, comercial y financiero que no puede reducirse a una simple medida diplomática, sino que ha adquirido con el tiempo características sistémicas de presión permanente. En este largo proceso histórico, las lideranzas revolucionarias de Fidel Castro, de Raúl Castro y hoy de Miguel Díaz-Canel han representado no solo una continuidad política, sino también un modelo de implicación popular basado en un principio esencial: el aprendizaje mutuo entre dirección política y pueblo organizado.

Desde esta perspectiva, la Revolución cubana no ha sido nunca un proceso impuesto desde arriba, sino una experiencia histórica en la que la construcción del consenso y de la participación ha adoptado formas originales, enraizadas en la historia nacional y en la lucha por la soberanía. En este sentido, la figura de Fidel Castro puede interpretarse como la de un Martí del siglo XX, mientras que Hugo Chávez representó una reelaboración contemporánea del legado bolivariano, contribuyendo de manera decisiva a la formulación del llamado socialismo del siglo XXI.

No es casualidad que el núcleo político y teórico de ALBA-TCP se base precisamente en la integración bolivariana y martiana, entendida no como una simple alianza regional, sino como un proyecto histórico de emancipación de los pueblos latinoamericanos frente al dominio económico y geopolítico externo.

Las relaciones internacionales impulsadas por Fidel y el Che que continúan hoy

Una de las grandes capacidades históricas de Fidel Castro fue la de construir relaciones internacionales basadas no en la potencia económica o militar, sino en la fuerza concreta de las ideas y de la solidaridad activa. Sobre esta base, Cuba ha desarrollado una red de cooperación internacional única, especialmente en los ámbitos de la salud, la educación y la formación, que sigue siendo hoy un rasgo distintivo de su diplomacia.

No es casual que la diplomacia cubana sea reconocida como una de las más eficaces en el diálogo con actores y realidades políticas muy diversas, incluso alejadas del campo socialista. Esto demuestra que la experiencia cubana nunca ha sido cerrada sobre sí misma, sino que ha buscado constantemente interlocuciones globales, manteniendo su autonomía política y su identidad histórica.

La época abierta por la Revolución cubana tiene así una resonancia universal que va mucho más allá de la isla. Los ideales de José Martí y de Fidel Castro continúan siendo una clave interpretativa fundamental para comprender las dinámicas de la transición contemporánea, especialmente en los países del Sur global.

Es en este contexto donde se comprende el sentido profundo de la dignidad, la pertenencia y el orgullo nacional del pueblo cubano. No se trata de elementos abstractos, sino de componentes históricos y materiales construidos a lo largo del tiempo mediante una larga experiencia de resistencia y construcción social.

Basta de dobles estándares

Por todo ello, cualquier análisis serio sobre Cuba debe partir de la conciencia de su historia concreta, evitando simplificaciones ideológicas y lecturas descontextualizadas que terminan por oscurecer la complejidad de una experiencia política única en el panorama contemporáneo.

Respondemos, por tanto, a las cartas recibidas no con insultos, sino con una invitación al estudio, al análisis y al debate. Quien quiera discutir sobre Cuba es bienvenido. Pero discutamos de la Cuba real, no de la imaginada por una propaganda que sustituye demasiado a menudo el análisis por el prejuicio.

La solidaridad con Cuba no significa renunciar al espíritu crítico. Significa rechazar los dobles estándares y reconocer el derecho de un pueblo a decidir autónomamente su destino, sin asedios económicos, sin chantajes y sin injerencias externas.

Ese es, en el fondo, el verdadero tema del debate.

 

Luciano Vasapollo

 

Para profundizar: el libro “Cuba: la verdad que no les han contado”


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